LA BONANZA CAFETALERA.

Actualizado: 30 de oct de 2020

Algunos tureños que sobrepasan los treinta años posiblemente aún recuerden la cultura que se creó en las familias a partir de la bonanza cafetalera y el furor colectivo que causaban las cogidas de café cuando se aproximaba la finalización de las clases en las escuelas y colegios más o menos a finales de noviembre y a inicios de diciembre.Este cultivo fué el motor de la economía del distrito de Tures, con mayor fuerza, a partir de la década de los cincuentas cuando las cooperativas se organizaron para informar y educar a los cafetaleros de la zona sobre los beneficios y los cuidados necesarios para una cosecha productiva de la que dependía la economía del grueso de las familias del pueblo.

Caravana con carretas de café de exportación con rumbo a Puntarenas.

A lo largo de Tures existían fincas que daban trabajo a casi todos los miembros de cada familia donde, a diferencia de lo que sucede en la actualidad, era necesario, si se quería formar parte del personal, ir a pedir trabajo de la misma manera que hoy en día se hace en cualquier empresa. Existieron grandes haciendas cafetaleras por ejemplo La Hacienda Sigg que estaba ubicada en el sector norte de Los Angeles, Las fincas de Lelo Zamora; que se ubicaba al costado este de la Clínica Tures, Los Tournon; que pertenecía a un gran imperio cafetalero que era propiedad de una familia Italiana y estaba ubicada hacia el oeste del pueblo y La Constancia que rodeaba la plaza y la ermita en su totalidad y era propiedad de la Familia Bolaños Rodríguez, actualmente esos terrenos son ocupados por el campo ferial de Los Angeles, el Salón de la Asociación de Desarrollo y La casa heredada a los hermanos Villalobos, también muchos de los cogedores de café pasaron por los cafetales de Anita Barquero; donde actualmente se ubica el Super Yeye y el Condominio Villangel, el cafetal de Paco Barquero, el de las hermanas Leticia y Aida Bolaños y el de don Carlos Villalobos, que según cuentan los que trabajaron para él, no le negaba trabajo a nadie gracias a su enorme amabilidad y don de gentes. Las nuevas generaciones posiblemente nunca han escuchado mencionar términos como una calle, que era una fila de plantas de café sembradas en hileras; una quinta, que era lo mismo que una calle con la diferencia de tratarse de plantas más jóvenes que daban sus primeros frutos y que por lo general se localizaban en medio de dos calles (cada cogedor debía tomar una calle y una quinta), echar la junta; que era el termino que se usaba cuando un cogedor terminaba de recolectar el café de su correspondiente calle y quinta y debía luego juntar los granos que se le habían caído del canasto y el cogedor que estaba a su lado, que había quedado rezagado, debía repasar, si dejaba caer granos de café nuevamente en la calle lista para entregar, el mandador; que era quien se encargaba de organizar a los cogedores de café por cortes (cuadrantes entre los callejones compuestos por calles y quintas).


Cafetal en florea en la finca de "Paco" Barquero.

Los cogedores de café iniciaban sus labores desde que se asomaba el primer rayo de sol hasta las cuatro de la tarde en jornada semanal y el sábado la faena concluía a medio día, se les pagaba según la cantidad de cajuelas que recolectaban cada semana, una cajuela era la medida compuesta por cuatro cuartillos que equivale aproximadamente a 12,9 kilogramos. Al final de cada jornada los cogedores se formaban en fila detrás de la carreta o camión que se utilizaba para llevar el café hasta los patios o beneficios, y median su café de cajuela en cajuela que eran llevadas en hombros en los canastos donde el mandador vaciaba el contenido del canasto en un cubo de madera o metálico, para verificar la cantidad de café, y luego lo vertía en el cajón de la carreta o del camión. Por cada cajuela se entregaba un boleto que luego era cambiado por dinero en efectivo cada sábado, si un cogedor tenía muchos boletos de una cajuela y se tornaba difícil guardarlos, debido al volumen, podía entregar veinte boletos de una cajuela al mandador y este le devolvía un boleto de una fanega (equivalente a 258 kilogramos de café o veinte cajuelas). Había cogedores de café sumamente eficientes que podían recolectar hasta cincuenta o sesenta cajuelas por día. Al ser una actividad tan familiar alrededor de las cogidas de café se contaban coplas, bombas, historias y leyendas entre los recolectores y era esto lo que la volvía una actividad cultural más que agrícola o económica. Durante las cogidas de café no faltaban los famosos “atisbadores” que eran los que dejaban pasar el tiempo mientras simulaban estar juntando una calle o se escondían entre las matas esperando el turno para llegar a una “calle buena” o sea una calle repleta de café maduro que implicaba un menor esfuerzo para conseguir una cajuela de café ya que solo se debía pasar la mano una sola vez debido a la gran cantidad de café maduro y la ausencia de café verde, estas personas al ser identificadas eran advertidas por el mandador y si reincidían eran expulsadas de la finca.


Antigua Finca cafetalera de "Lelo" Zamora.

Las cogidas de café coincidían con la celebración de la navidad y el año nuevo por lo que se incentivaba entre los jóvenes el rendir en los cafetales para que esto se reflejara en los regalos que recibirían y en la calidad de la ropa que se estrenaba para esos días. La cosecha de café era recolectada siguiendo un orden por etapas, la granea; que se daba a finales de octubre y principios de noviembre, la primera y segunda cogida; que se realizaba entre principios de noviembre y finales de enero y la repela; que se realizaba al finalizar enero, en esta última se recolectaba café maduro y verde a la vez y luego se escogía en manteados tendidos en los callejones una o dos horas antes de cada medida. En la hacienda Sigg y en la finca de Lelo Zamora se acostumbraba al final de cada cosecha, es decir, al finalizar la repela, organizar una pequeña fiesta para agradecer a los cogedores de café su disposición durante la recolección, esta pequeña celebración tenia lugar en el cafetal inmediatamente después de terminar la última medida y era esperada, principalmente, por los niños de cada familia. Cuando las cogidas de café habían concluido, por ahí de febrero, entre las calles quedaba café que no había sido juntado por los cogedores

Almacigal en la finca de Carlitos Villalobos.

durante la recolección debido a que esos granos caían entre las hojas secas, a la orilla de los callejones o al pie de las laderas y que al secarse triplicaba su valor por lo que la gente entraba en las fincas, casi siempre de forma clandestina, a juntar ese café para venderlo a los compradores que pasaban constantemente por el pueblo gritando “¡Café seco, café seco!”, cuando un mandador sorprendía a una persona juntando café le decomisaba el café y lo obligaba a salir de la finca por lo que esto se convertía en una constante entre las familias pobres de Tures y los mandadores de las fincas; algunos debían esconderse ante la presencia de un mandador y esperar que este se fuera para poder huir con el café que se había juntado.

Al recordar estas escenas se asoman las lágrimas en los ojos de los tureños más longevos ya que alrededor de las cogidas de café se escribieron historias de amor, de amistad, de solidaridad y de hermandad y a pesar de ser días de tanta necesidad económica pero de tantísima felicidad y riqueza espiritual sin duda fue la cultura cafetalera el pilar sobre el cual se construyeron las sólidas y emprendedoras familias del Tures de mediados del siglo pasado.

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