La hija del coronel
- Redacción El Distrito 7

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Tures, Hacienda Sigg, diciembre de 1986.
Como cada mañana de diciembre llegaba al callejón a las seis para empezar destrabando los canastos y prensando los sacos entre las horquetas de las matas.
Los chiquillos escogían una calle cada uno y me dejaban a mi la última y papá desde temprano empezaba a puyarme como un boyero a su yunta.
"¡Vamos papito hágale porque hoy esta bueno el corte!", me decía mientras sus gruesas manos pasaban como un rayo por las bandolas y los granos sonaban como granizos en el fondo del canasto.

Los chiquillos me ponían atención porque más o menos faltando cinco para las siete ya me empezaba a impacientar.
"Papá yo voy a llevarme los sacos para el callejón".
"Bueno papito, pero vaya fíjándose por donde camina, cuidado va a hacer un reguero de café".
Todo aquel apuro era el trajinar de cada día con el afán de colarme entre los tablones negros y la veranera de la cerca para ver pasar a la muchacha que recorría con la gracia de un gorrión entre la florea blanca, todas las mañanas el trillo de la hacienda hacia algún cafetal cercano, con su canasto aferrado a la cintura y su mano sobre el gollete de mimbre.
"¡Grite corte!", me decía Santiago el de Gerardo.
"¡No jodás!, ¿y si me asusto y no me sale el grito?, que vergüenza, jahí si me tengo que ir todos los días para la casa con el canasto en la cabeza!.
El resto del día todo me parecía bonito, no me quitaba la tranquilidad el sol abrazador de medio día ni el frío de aquellos diciembres ochenteros con sabor a brosa de café entre los dedos.
Las tardes a las cuatro y media, despúes de la medida, repetía el mismo ritual de la mañana mientras observaba el paso de mi princesa campesina adornando la puesta del sol.
Aquella tarde de lunes durante la medida Gerardo, el mandador, le habló a papá y guiñandole un ojo mientras yo me acercaba con el canasto al hombro, le dijo:
"Mirá, ¿vos sabés para donde agarra el carajillo tuyo despúes de la medida?".
"¿Cuál?, ¿el menor?", respondió mi papá, con una sonrisa disimulada que trataba de ocultar con su bigote.
"¡Sí, sí, ese bandido!".
_"He visto que se pierde a veces pero no le he puesto cuidado, ¿no me digás que vos si sabés?".
Yo, sentado entre dos sacas de yute, con más frío que vergüenza quedé perplejo esperando la sentencia del mandador de Los Sigg. (Nota: He corregido el error de escaneo original en esta palabra para mayor claridad).
"Dicen que se va a meter entre la cerca a atisbar a aquella muchacha que va a coger café donde Carlitos Villalobos", sentenció el mandador.
_"¡No jodás!, dijo papá entre risas, si no coge ni cinco cajuelas, ¡y ya anda de enamorado!".
"Se ha salvado que no lo ha pescado el coronel", dijo Gerardo mientras vaciaba la cajuela.
"¿De verdad?, ¿porqué?, ¿muy bravo?", preguntó papá.
"A sí, a más de uno ha mandado a dormir a la delegación por estarle ojeando a la hija".
Ante tal advertencia, tomé mis medidas preventivas, lo que me obligó a invertir parte de mis ingresos sabatinos en seguridad si no quería amanecer en las gélidas celdas de la delegación de Tures.
Desde ese día Santiago, por el módico precio de un boleto de cajuela, se subía al portón para convertirse en mi centinela mientras yo, exhalando un suspiro disimulado por el viento, admiraba una vez más el paso de la hija del coronel.



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